Un recorrido diferente de Artexto por el BACIFI
Un recorrido diferente por el BAFICI.
Por Sol Cuntin(*).
Voy a hacer una breve reseña de unas pocas películas que han transitado por el BAFICI, en su mayoría documentales o de ficción, pero que tienen inquietudes sociales o ambientales similares. Muy probablemente algunas de ellas han llamado la atención de unos pocos y de eso se trata esta propuesta, he realizado un recorrido personal y poco usual por el festival y simplemente quiero compartir algunas fugaces impresiones.Comenzaré por Sokurov, que es un referente que no se puede sortear. Su película “Reading book of Blockcade”, es un ejercicio de experimentación formal que ahonda en las posibilidades expresivas que emergen como resultado de transpolar recursos provenientes del campo literario al cine. Se nos narra la crudeza del hambre, el frío y la muerte en el sitio de Leningrado, mediante prolongados parlamentos de diferentes personajes y con escasas variaciones de encuadre. El hambre y el desasosiego se hacen sentir de modo puramente sensorial, como si se quisiesen anular las propias posibilidades expresivas del cine en cuanto a fragmentación de los planos y a la variedad de encuadres y movimientos de cámara.Dentro de la sección lugares, quisiera posar mi mirada ante todo en “Vrindavana”, la película de Ernesto Baca, que sin lugar a dudas también permite repensar las categorías fílmicas de los recursos expresivos a los que suele apelar usualmente el cine.Baca presentó su película entonando un mantra para que los espectadores reciban bendiciones y luego contó que había estado preparándose durante 10 años para llevar a cabo la experiencia de realizar esa obra, señalando además que el viaje a India fue para él y su equipo desde el plano literal y vislumbro que simbólico, una fractura de cerebro y de estómago. Expresó además que el origen de ese proyecto surgió de su inquietud por las imágenes. Probablemente haya sido está búsqueda lo que lo ha acercado al director hacia lo devocional hinduista como camino espiritual y estético.Baca elige a los niños como epicentro del relato y los retrata en sus juegos, en sus danzas y con su inmensa dicha al orar. Casi todo el documental tiene una cadencia muy suave, tenue y apacible, que se abandona sólo en escasos momentos para rozar lo experimental y acelerar las imágenes, tal como en su película previa “Samoa”. Pero es tan bella “Vrindavana” por lo que destila a nivel espiritual que no creo que sea conveniente intelectualizarla, puesto que las películas de Baca son como sinfonías para vivenciar.En la sección Lugares, también captó mi interés otro documental titulado “Un lugar llamado los Pereyra” de Andrés Livov- Macklin, en el que se narra el trabajo social de un grupo de adolescentes porteñas que se expresan con modismos de clase alta y llevan a cabo su tarea de enseñanza a una comunidad. Ello sucede en el paraje de los pereyra, situado en el impenetrable, provincia del Chaco, Argentina. Me impactó sobre todo una escena en que las jóvenes dan una clase de educación sexual a un grupo de mujeres del norte que superan lejanamente su edad. La película no pretende mostrar la cruda realidad social pero sí da cuenta de la esperanza de los chicos pueblo de que las jóvenes regresen al año siguiente. Una placa final señala que aun no han vuelto a dicha región desde el año 2008. Cuando se encendieron las luces, se generó debate en la sala, ya que una de las jóvenes que protagonizó el documental le objetó al director que no había documentado todo lo que habían vivido.Considero que el director de “Un lugar llamado Los pereyra”, ha intentado acercar al cine argentino como herramienta social hacia la periferia. Y no es la única película del BAFICI que tenía esta inquietud.En la sección futuro, proyectaron “El predio” de Johnatan Perel, otro documental que desde la estética propone un acercamiento que elude todo el tiempo el plano de lo informativo a la hora de narrar y que escoge el silencio, sobre todo en su prolongado prólogo. En este último aspecto, Baca y Perel se encuentran en la forma fílmica, aun narrando sucesos muy disímiles. Lo que impacta de “El predio” es que apela a una poética del arte y de la naturaleza que permite resignificar simbólicamente a la ESMA aboliendo la dolorosa catarsis, porque la película se detiene en una cierta esperanza, en el espacio de la huerta, en lo que puede surgir de la tierra y en el arte, por las citas al cine (aparecen nuestros primeros tiempos sonoros con Tango! de Moglia Barth.)A modo de cierre, menciono una película mexicana de ficción titulada “El calambre”, de Matías Meyer. La acción transcurre en Cachacaua, Oaxaca y cuenta la adaptación de un extranjero europeo o norteamericano, quien se encuentra con las diferencias de costumbres en la alimentación y a nivel idiomático, pero lo bello es que eso nunca se narra en términos de choque cultural, sino como disfrute que se da sobre todo cuando el personaje logra entretener a los niños a pesar de no pertenecer a la comunidad. La película hace vivenciar una temporalidad muy lenta, acorde con esa naturaleza deshabitada y con la escasez de habitantes. Meyer también elige una puesta de cámara muy distanciada y hasta conserva ciertos momentos de registro que se acercan mucho más al documental que a la ficción; es que los límites entre ambos son cada vez más ambiguos porque el cine continúa en su devenir.(*) Colaboradora permanente de la Revista Artexto












